No hay pan para tanto chorizo

Bastan estas dos pancartas de las manifestaciones de ayer en toda España para dar una idea del estado anímico de un país con la generación mejor preparada de la historia y el mayor nivel de desempleo juvenil de toda la Unión Europea, de un país con una tasa del 23% de desempleo, de un país donde la cultura del pelotazo y el enchufismo han lastrado su competitividad, de un país en el que la clase política se ha convertido en un simulacro de lo que en algún momento fue: ellos son los actores de una democracia secuestrada por el capital y la falta de escrúpulos, todos ellos son el mismo perro con distinto collar.

Stéphane Hessel y su ¡Indignaos! ha sido uno de los vademécums ideológicos de los manifestantes. Vienen muy a cuento las siguientes reflexiones de José Saramago: “Todo se discute en este mundo menos una única cosa que no se discute la democracia. La democracia está ahí, como si fuese una especie de santa en el altar de quien ya no se esperan milagros… pero que está ahí como una referencia, una referencia… la democracia. Y no se atiende a que la democracia en la que vivimos es una democracia secuestrada, condicionada, amputada porque el poder del ciudadano, el poder de cada uno de nosotros, se limita, en la esfera política, a retirar un gobierno que no nos gusta, y a sustituirlo por otro que quizás nos pueda llegar a gustar en el futuro… nada más. Pero las grandes decisiones son tomadas en una esfera distinta, y todos sabemos cuál es. Las grandes organizaciones financieras internacionales, FMI, OMC, los bancos mundiales, OECDE…  ninguno de estos organismos es democrático, y por tanto, ¿cómo podemos seguir hablando de democracia, si aquellos que efectivamente gobiernan el mundo no son elegidos democráticamente por el pueblo? ¿Quién elige a los representantes de los países en esas organizaciones? ¿Los respectivos pueblos? No, ¿dónde está entonces la democracia?”

Uno de los totems del neoconservadurismo es la noción de que vivimos en una época post-ideológica y que las relaciones sociales no se pueden seguir sustentando en los conflictos posteriores a la Revolución Industrial entre burgueses y proletarios -empresarios y trabajadores. Ciertamente, aunque los conflictos y las relaciones de poder hayan cambiado con los años, el análisis del equilibrio y desequilibrio social que describió Karl Marx en El Capital sigue siendo muy vigente porque no describía una coyuntura histórica sino las relaciones de dominación entre clases sociales -o sea, rebajándole al lenguaje, Marx hablaba de la negociación social del poder… y el poder, por supuesto, reside en el capital: su producción y su reparto. ¿De verdad algo ha cambiado?

La salida del laberinto en que el capital y los políticos nos han metido no la podemos vislumbrar pero, por lo pronto, sí se pueden proponer dos medidas que, en mayor o menor medida, todo el mundo se puede permitir. En primer lugar, se hace necesario un boicot de las próximas elecciones locales y autonómicas: ¡No les votes! Una democracia necesita ser representativa y real. En segundo lugar, se hace necesario un boicot al sistema capitalista neoliberal: ¡Vuelve al comercio vecinal! La economía no necesita de multinacionales.

¿En qué momento pasamos del “¡Silencio, que estamos en democracia!” al “¿Indignados? ¡sí, y con razón!”? Solo nos queda por escribir “Una carta de amor al futuro”.